La labor de traducción

Traducir no es sencillo. No basta con conocer otro idioma aparte del tuyo nativo. Primeramente hay que dominar la lengua materna; desde la sintaxis pasando por la ortografía y la gramática hasta la riqueza de vocabulario. También se hace imprescindible aprender a documentarse para abordar textos técnicos, saber dar el giro acertado a cada frase para que suene natural en la lengua meta y, no menos importante, hallar soluciones lingüísticas de partes que parecen inabordables.

Podría hacer una analogía, aunque muy atrevida por mi parte, de los traductores con Leonardo Da Vinci. Su polivalencia como inventor y humanista se podría comparar con la versatilidad que debemos tener los traductores a la hora de redactar. Nos sumergimos en campos muy dispares y nos convertimos, durante un tiempo, en pequeños expertos en una materia. Nuestro objetivo: escribir como los profesionales del sector que nos emplea.

A diferencia de Leonardo Da Vinci, nosotros disponemos de tecnologías muchos más avanzadas; redes mundiales que nos dan acceso a todo tipo de información. Debemos comprender estas nuevas tecnologías, exprimirlas al máximo. El acceso libre a la red crea nuevos autores, no necesariamente duchos en la materia sobre la que escriben. Hay que saber discernir qué información seleccionamos y cuál desechamos. Contrastar las opciones de traducción que hallamos es una obligación, así como los buenos periodistas contrastan la información recibida antes de publicarla. Todo un trabajo que exige profesionalidad, al fin y al cabo, todo es especializado y tiene su vocabulario y lenguaje específico. Los encargos que recibimos se parecen bien poco a un correo de una amiga, una carta informal o mensajes de textos sencillos.

Con el tiempo, cada uno de nosotros nos convertiremos en verdaderos expertos en determinados campos, en los que adquiriremos la confianza suficiente para depender menos del intenso trabajo de documentación. Nos haremos más productivos. No obstante, en algún momento deberemos volver al taller a confeccionar nuevas traducciones, a seguir los trazos de lo que aun nos es ajeno. Y es que un traductor, por suerte o por desgracia, nunca puede permitirse el lujo de dejar de aprender.

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